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Comunidad de Talcahuano participó en solemne eucaristía por la independencia

Con la presencia de autoridades civiles y militares y la participación de un gran número de fieles y vecinos de la Comuna, Talcahuano celebró las Fiestas Patrias con una celebración litúrgica, en la Parroquia San José, presidida por el párroco el Padre Hernán Enríquez Rosas y, acompañado, por los diáconos Bernardo Hernández y Jorge Becerra.
Sabado 16 de Septiembre del 2017
  
Esta celebración de Fiestas Patrias es ya una tradición en Talcahuano. Por ello, la participación de las diversas organizaciones sociales y comunales se hacen presente para dar Gracias a Dios por lo beneficios recibidos y pedir por las necesidades más significativas.

El Padre Hernán Enríquez agradeció la presencia del pueblo fiel y de todas las autoridades presentes. En su homilía señalo: Qué alegría se respira al volvernos a reunir en este templo para celebrar, desde una mirada de fe, las Fiestas Patrias.

A todos les doy la bienvenida a este espacio de oración y fraternidad. El templo es un lugar sagrado y, como tal, se diferencia de otros espacios de convivencia humana.
En este espacio sagrado queremos gozarnos en el Señor y en los hermanos.

Hoy, la Iglesia Católica, les ha invitado a reunirse para celebrar la fe y pedir a Dios por Chile, por esta comunidad de Talcahuano, por sus autoridades y por su Pueblo.
Queremos ser un espacio de acogida; donde nadie se sienta extraño o incómodo; donde la fraternidad común se exprese plenamente y donde las diferencias se respeten.

Hoy, les invitamos a ser partícipes de una tradición que ha todos nos enorgullece: celebrar y agradecer ese espacio donde compartimos el conjunto de bienes que nos identifican, donde nos alegramos por todo aquello que consideramos valioso y que hemos heredado.

Herencia y tradición se unen

Hoy, les invitamos a celebrar, a orar y a comprometerse con Chile.

Sí, por Chile….por ese espacio y tiempo que nos define. Por ese piso firme en el cual nos levantamos y erguimos; por ese ethos que nos anima a pensar, actuar y proyectarnos de un modo; modo que nos diferencia de otras realidades, culturas y tradiciones.

En este encuentro fraterno queremos dar gracias a Dios por todo lo bueno que nos ha dado. ¡Qué duda cabe!: nuestra Patria ha sido bendecida por Dios. Hemos vivido tiempos extraordinarios, alegres y constructivos. En las últimas décadas hemos crecido en salud, educación, cultura, ciencia….en participación ciudadana, en compromiso, en democracia y libertad.

Pero, ciertamente nos falta…y no sólo nos falta. En algunos aspectos significativos de la realidad humana nos hemos, tal vez no retrocedido, pero al menos estancado.

Se dice que Chile es un país solidario… ¿qué tanto? En ocasiones, o muchas veces, el individualismo nos gana. Queremos triunfar, ser los primeros, tener éxito, estatus. Pero el éxito, el ser “primero” no son ambiciones propias del cristianismo. No. En una opción cristiana el “primero” es el último, es decir, el servidor de todos, el servidor del otro. El éxito es, finalmente, la pérdida de la vida definitiva.

Sí, la comprensión neoliberal que nos gobierna -y traspasa- nos ha deshumanizado.

Hoy, para muchos el “ser” ha sido abolido por el “tener”: lo importante es poseer, emprender, competir, alcanzar el éxito y, muchas veces, por no decir siempre, a toda costa.
Pero, la fe en Jesucristo, nos enseña que todo crecimiento -especialmente el económico- debe ser, al mismo tiempo, un crecimiento humano.

Si. No basta con ganar más; hay que ganar bien; no basta con tener, lo cristiano es compartir; no es suficiente estar bien, ser “yo feliz”, lo salvífico es que “somos felices”.

Un dato antropológico cristiano esencial es el reconocimiento del otro como persona. Este es un ejercicio esencial del Evangelio.

No podemos gozarnos en resultados económicos exitosos cuando han sido a costa de la creación, a costa de la naturaleza. El cuidado por el entorno es el cuidado de la obra de Dios. Tengamos presente que antes de crear al hombre, Dios creó la naturaleza.

Menos podemos gloriarnos por éxitos económicos cuando son a costa de las personas. El crecimiento de la comunidad se funda en el trabajo de todos. Y, si es de todos, entonces los beneficios han de ser para todos.

No podemos sentirnos en paz cuando buscamos promover la dignidad de la persona humana, pero ignoramos la de los más débiles.

La paz siempre es fruto de la justicia, nunca de componendas. La justicia ha de expresarse de modos concretos y reales; las buenas intenciones no bastan. La expresión concreta de la justicia pasa por transformar lo que ya no responde a las necesidades contemporáneas. En este sentido, toda reforma que busque promover la dignidad de la persona humana es válida, por muy resistida que sea. Ella ha de pasar por una legislación que la reconozca y, así, de paso al cambio interior.
La paz no es un estado de pasividad y tampoco fruto de la fuerza. Nace desde el respeto hacia el otro, nunca desde la descalificación del otro.

Los débiles, los pobres, los ancianos, los enfermos, los que están por nacer son personas y no los podemos desconocer. Los que han padecido el dolor injusto de la muerte de un ser amado, los que buscan a sus seres queridos y aun no los encuentran no pueden seguir esperando.

En los últimos meses el tema de la defensa de la vida ha copado el discurso ciudadano. ¡Qué mal y qué bien que sea así!: mal, porque la defensa de la vida debe ser un tema permanente; bien, porque ello nos ha permitido reflexionar con madurez sobre el valor de la vida y su sentido de trascendencia que, ciertamente va más allá del parto, pues compromete toda la existencia humana.

El valor de la vida no se da en el parto, sino en toda extensión de vida. Si de verdad queremos ser “pro-vida”, miremos el Evangelio y allí descubriremos que la vida es un don que no reconoce partes, sino que la entiende como una totalidad. Por ello, quienes comprendemos que la vida es un don extraordinario, estamos llamados a trabajar para que nunca -y en ningún momento- la dignidad de una persona pueda ser puesta en cuestión.

Hoy, Chile vive un tiempo particularmente especial: la ciudadanía se dispone a participar del proceso de elección de sus máximas autoridades. En noviembre elegiremos a quien gobernará este pueblo, el o la Presidenta, y a un grupo de diputados y senadores que tendrán, en sus manos, la tarea de legislar por el bien de la Patria.

¡Qué tarea más grande! Si, en nuestras manos está la tarea de elegir a quienes escribirán parte significativa de nuestro futuro, como personas y como nación.

Es en este contexto que quisiera compartir algunos criterios que los cristianos -y personas de buena voluntad- podrían tomar en cuenta, antes de elegir a quienes definirán nuestro futuro inmediato.

Hoy, la mayoría de los políticos -y aquellos que participan o son responsables de las decisiones ciudadanas- se definen como personas de buena voluntad, creyentes, cristianos o católicos. Si la cuestión sólo se limitara a buenos propósitos o a una profesión de fe, el tema estaría, más o menos, resuelto. Pero, la realidad no es así. Hoy, no basta con decir que se es el propulsor de una nueva mirada del mundo, constructor de una nueva sociedad o un discípulo de Jesús para convertirse en un buen candidato, innovador, creyente y/o progresista.
Pero la fe, las buenas intenciones, ciertamente, no se reducen a un puro discurso; van más allá de las palabras, propósitos, gestos o ritos: reclaman una coherencia de vida. Cuestión no fácil, ¿qué duda cabe? Quizás uno de los aspectos más complicados, cuando alguien se define como hombre de buena voluntad o cristiano, tiene que ver con el ejercicio cotidiano de aquello que se dice pensar, creer o anhelar.
Hoy, es necesario mirar de qué manera, en la trayectoria del “posible electo”, su vida, su ejercicio privado y público expresan coherencia; si sus principios, valores y convicciones han sido vividos lo más plenamente posible.

Además, si queremos escoger a una persona que quiere servir y no ser servida, hemos de considerar algunos aspectos más: buscar conocer al candidato más allá de la pantalla o slogans; conocer sus propuestas a fondo; entender que las buenas intenciones no bastan; comprender que el voluntarismo político es engañoso y destructivo; conocer su historia, ya que la actuación en el hoy no es una manifestación completamente reveladora de lo que se ha hecho o defendido en el pasado; saber quiénes son los que lo apoyan, no olvidando el refrán popular: “dime con quién andas y te diré quién eres”; saber qué lugar ocupan los pobres y desvalidos en sus propuestas; qué lugar ocupa el derecho a la vida, no sólo en el parto o el “buen nacer”; saber qué lugar ocupan los niños y las mujeres en su mirada de futuro…y, sobre todo, ejercer en plenitud el sentido de la responsabilidad.

Si. Elegir a quién nos represente, si no estamos inmersos en una ideología, no es tarea fácil, pero sí urgente e irrenunciable.

Hoy, como dijimos al iniciar estas palabras, queremos dar gracias a Dios por lo que hemos recibido y pedir por lo que viene.

En este contexto, como Iglesia, queremos orar por las autoridades que nos acompañan. De un modo especial por el alcalde don Henry Campos, quien fue electo como nueva autoridad comunal. Pedimos a Dios que su ejercicio como líder de Talcahuano sea fructífero. Sus buenos resultados serán, al mismo tiempo, buenos resultados para todos.
También oramos por los concejales que hoy ejercen sus tareas. Les pedimos que recuerden que están al servicio de la comunidad y que la comunidad que les ha elegido les necesita.

Alcalde, Talcahuano debe seguir creciendo porque aun faltan muchas tareas por ser cumplidas.

Día a día, semana tras semana, domingo tras domingo, visito las comunidades de esta Parroquia de San José. En el encuentro con la comunidades y en el observar sus cerros, casas y calles, uno no puede dejar de sentir que algo, o mucho, falta.

Talcahuano, su gente, siempre ha sabido salir adelante. El testimonio más reciente de ello es el 27 de febrero de 2010.
Como Iglesia Católica le ofrecemos nuestro apoyo. Cuente usted con nosotros, como antes lo hicieron sus antecesores. Usted y nosotros queremos lo mejor para esta comuna. Usted y yo queremos lo mejor para todos los hijos de Dios.
Esta Iglesia, la Iglesia Católica, le abre sus puertas.

Confiamos en la aceptación de nuestra invitación.

Que Dios les bendiga a todos.

Fuente: Comunicaciones Concepción


Concepción, 16/09/2017

 
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