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Octubre Mes Misionero
Arzobispo de La Serena invita a profundizar vocación de discípulos misioneros del Señor

En entrevista a diario regional “El Día”, Mons. Rebolledo señaló: “Es preciso asumir el desafío que nos plantea el Papa Francisco y la Iglesia en Latinoamérica de salir al encuentro de las personas para compartirles el don de la Buena Nueva: Cristo el Señor”.
Domingo 22 de Octubre del 2017
  
En el transcurso del año la Iglesia, tanto en sus celebraciones como en sus pastorales, acentúa aspectos de sus desafíos. Y, en este sentido, a octubre se acostumbra denominarlo Mes Misionero, del Santo Rosario y del Adulto Mayor, entre otros. En efecto, el domingo 1 de octubre, Día Internacional del Adulto Mayor, se ha intensificado la labor de la Comisión Arquidiocesana de Pastoral dedicada a ellos. Por otra parte, en ese día se dio inicio a la Semana de Oración por la Familia.

Del mismo modo, el domingo 22, a nivel universal, se celebra la Jornada Mundial de las Misiones (DUM). Para conocer más profundamente el espíritu que motiva a la Iglesia a señalar este día con el acento de la misión y que ofrece la característica del mes de octubre, dialogamos con el Arzobispo de La Serena, Mons. René Rebolledo, quien afronta algunos desafíos importantes.

La misión, ¿dónde encuentra su fundamento?

Sabemos por la Revelación bíblica que el Señor resucitado, al despedirse de sus apóstoles, les encarga: “Vayan y hagan discípulos entre todos los pueblos, bautícenlos consagrándolos al Padre y al Hijo y al Espíritu Santo, y enséñenles a cumplir todo lo que yo les he mandado. Yo estaré con ustedes siempre, hasta el fin del mundo” (Mt 28,19-20). Esta voluntad manifestada por nuestro Señor crea una relación bi-direccional e inseparable, vale decir, la condición de ser discípulo misionero del Señor. Ello significa, que habiendo conocido a Cristo, por gracia inmerecida, se es discípulo y al mismo tiempo, misionero de Él. Dicho en otras palabras, no se puede ser discípulo de Jesús sin asumir la vocación de ser misionero para toda la vida.

¿Y en qué consiste precisamente la misión?

Jesucristo es el enviado del amor del Padre. Él con su presencia, palabras y obras nos reveló quién es el Padre, cuál es su voluntad de amor para con nosotros y qué espera como respuesta a su fidelidad por nuestra parte.

Los discípulos de Jesús, al reconocer en Él a nuestro Maestro, hemos sido convocados a hacer vida la experiencia de amor manifestada en Él y en cada uno de nosotros, los hijos de Dios. La misión, por tanto, es fundamentalmente la continuidad del anuncio gozoso, ahora a nuestros contemporáneos, que Dios nos ama, que ha inaugurado la presencia de su Reino en la persona de su Hijo. Esto es lo fundamental y absoluto: el Reino del Padre. Nosotros, los discípulos misioneros de Jesús estamos llamados a anunciarlo y a aportar al crecimiento del Reino con el humilde testimonio de nuestra presencia, palabras y obras.

¿Cómo concreta la Iglesia esta convocatoria?

En nuestras parroquias y comunidades, en los templos y capillas, en las más variadas actividades apostólicas procuramos hacer presente el significado bíblico y doctrinal de la misión; especialmente en la celebración de la santa Eucaristía, en la liturgia, fuente y cumbre de la vida cristiana. Los fieles congregados por el Señor, presididos en la liturgia dominical por sus pastores, renuevan en su presencia el anhelo de vivir su vocación bautismal, ser en los más diversos lugares, circunstancias y oficios auténticos discípulos misioneros del Señor. También en la vida cotidiana, en la familia, el trabajo, el colegio y la educación superior, y en el servicio a los más pobres estamos llamados a dar testimonio de nuestra vocación misionera.

¿En qué modo motiva la Iglesia a los fieles vivir su vocación de discípulos misioneros?

Entre los días 13 y 31 de mayo de 2007 se celebró la V Conferencia General del Episcopado Latinoamericano y del Caribe en la ciudad de Aparecida, Brasil, con el lema: Discípulos y misioneros de Jesucristo para que nuestros pueblos en Él tengan vida. Son variados, profundos y numerosos los pasajes del documento conclusivo de Aparecida en que los Obispos nos llaman a afrontar decididamente la misión. Baste señalar el siguiente: “¡Necesitamos un nuevo Pentecostés! ¡Necesitamos salir al encuentro de las personas, las familias, las comunidades y los pueblos para comunicarles y compartir el don del encuentro con Cristo, que ha llenado nuestras vidas de “sentido”, de verdad y amor, de alegría y esperanza!” (DA 548).

¿Cómo se relaciona el mandato de Cristo con el reto de Aparecida?

Principalmente en el espíritu. Los tiempos han cambiado, las circunstancias son muy diversas a las del siglo I, estamos viviendo un cambio cultural profundo que nos afecta a todos, sin embargo desde el monte de Galilea, hasta el Santuario mariano de Aparecida en Brasil, el significado de las palabras de nuestro Señor es idéntico: Vayan…, vale decir, ponerse en camino. El Santo Padre Francisco nos invita frecuentemente a que seamos Iglesia en salida, que nos dispongamos en las manos del Padre como humildes mediaciones para que su Hijo Jesús sea conocido, seguido, amado, celebrado y anunciado. Confiemos plenamente en las Palabras del Señor y en su promesa: “Yo estaré con ustedes siempre, hasta el fin del mundo” (Mt 28, 20).

Claramente, no se trata de un reto para un domingo, un mes o un año. Es un don del Padre el que hemos recibido en su llamado, una enorme e inmerecida distinción el ser testigos de su Hijo y un imperativo el darlo a conocer a todos, especialmente a sus predilectos, los pobres del Señor.

Fuente: Comunicaciones La Serena


La Serena, 22/10/2017

 
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