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Pascua de la Hna. María Pilar Peris

La religiosa de la Congregación Franciscana de la Inmaculada vivió y sirvió muchos años en Chile, lo que la marcó profundamente. Falleció en Moncada, España el 6 de junio.
Jueves 07 de Junio del 2018
  
La Hna. Mª Pilar Peris Oliver nació en Alzira el día 13 de octubre del año 1938, la misma fecha natal de Madre Francisca, algo que ella siempre tuvo en cuenta en su vocación. Sus padres, Antonio y Rosa y su único hermano Toni. Entró en el Postulantado el 8 de setiembre de 1959. Hizo su profesión perpetua el 26 de setiembre de 1965. Y muere en Moncada, España el 6 de junio del 2018.

Pilar ha estado en muchas comunidades y en muchos servicios congregacionales y podemos decir sin temor a equivocarnos ha pasado por todas las comunidades de la Congregación con el corazón vuelto hacia cada una de las hermanas. En todas las comunidades estuvo feliz. Pero si algo le marcó plenamente fue Chile. Vivió en Villa O´Higgins, en el Colegio Santa Isabel (Santiago centro) y en Combarbalá.

Además sirvió incansablemente en el Hospital San Borja Arriaran, acompañando a los portadores de VIH, tanto en el acompañamiento como en el cuidado de su salud, acompañándoles hasta el final de sus días.

Junto con ello, fue parte del equipo de redacción de la Revista “Cuadernos franciscanos” del CEFEPAL en Chile.

En su congregación tuvo la responsabilidad de ser formadora y Vice-provincial en Chile.

Pilar tenía un corazón grande, bondadoso y amable. Una inmensa capacidad para crear relaciones y vínculos afectivos y espirituales. Nadie le era ajeno. Sus amigas más íntimas le llamaban “la del millón de amigos”. Y así era. En ella se ha cumplido eso de presentarse ante el Señor con un corazón lleno de nombres. Nombres que no olvidó nunca y que fueron cincelando su propia vida. Y si podemos nombrar a alguien predilecto es a su familia a la que tuvo siempre presente, cada día, cada acontecimiento, cada situación.

Podríamos decir muchas cosas de Pilar. No hace falta. Sólo subrayar seis cosas con las que nos contagió vocacionalmente y que acogemos como herencia preciada:

1. Fue una mujer de relaciones entrañables. Su empatía misericordiosa con toda necesidad con la que se tropezaba. Siempre tenía una palabra, una sonrisa y también un “tirón de orejas” para quienes convivíamos con ella o simplemente los vecinos, los mendigos, los enfermos de sida a quienes les dio lo mejor de sí: su dolor crónico, su fe incierta, sus múltiples enfermedades, su angustia vital, su soledad tantas veces compartida con las personas más cercanas. Situaciones que le llevaron a cultivar una sensibilidad extraordinaria ante el dolor y el sufrimiento ajeno y a mantener su puerta abierta, pasase lo que pasase.

2. Fue una mujer espiritual y buscadora, que buscó por encima de todo a Dios, en su misterio inalcanzable y en su cercanía palpable en la encarnación. A Dios amó con toda sus fuerzas, con todo su pensamiento, con todo su afecto dándole la gracia y el pecado que había en ella. Enteramente.

3. Fue una mujer intelectual y culta. Le gustaba leer, estudiar, escribir desde su propia sensibilidad. Y lo hacía muy bien. Solía compartir sus escritos personales y lo que suscitaba en ella la lectura, tanto de libros de teología, como sociales, políticos y novelas que le encantaban. Igual que el cine, el buen cine.

4. Fue una mujer fiel. Era fiel en la amistad y muy preocupada por quienes quería, hasta el punto de identificarse a veces demasiado con los problemas de los demás. Sufría por todo. Era como una madre que amparaba con pasión y firmeza a sus hijos.

5. Fue una mujer gratuita y generosa. Valoraba los bienes y dones de los demás, buscando la colaboración, la animación mutua, la complementariedad. Acompañó a muchas hermanas y a muchos laicos en su proceso vocacional y personal, inculcando siempre e insistentemente la virtud de la generosidad humilde y alegre, la necesidad de no vivir aisladas, sino en comunión, acogiendo el don que había en cada persona.

6. Y por último fue una mujer pequeña, no por su tamaño que sí lo era, sino por su pequeñez y minoridad, por su infancia espiritual, por ese abandonarse en manos de Dios con confianza y humildad, sabiéndose hija pequeña necesitada del Padre. En este sentido sus dos modelos Santa Teresita del Niño Jesús, con quien se identificó en el gozo y el sufrimiento. Y la Virgen María, que le hizo decir Amén a todo lo que fue pasando en su vida.

Pilar vivió los 11 últimos años ya en franca debilidad, agudizándose cada día un poquito más. A medida que su cuerpo se debilitaba y casi casi desaparecía, su espíritu fue creciendo en amor y en confianza, en paz y luz.

El último momento, ayer mismo fue rápido, pero lo suficientemente sereno para que pudiese gozar de la compañía de las dos hermanas que pudieron entrar en el box de urgencias y estar con ella, muy cerca, hasta que murió. Su muerte, aunque esperada, nos ha llenado de tristeza. Y también de alegría y esperanza. Pilar está ya en la luz que siempre deseó.

Gracias, Pilar. Descansa en paz. En Ti hemos comprendido una vez más que tu muerte ha sido providencial y los designios de Dios son siempre certeros y no se equivocan

Fuente: Comunicaciones Orden Franciscana de Chile


España, 07/06/2018

 
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