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Itinerario Bíblico en el Mes de María
Lunes 08 de Noviembre del 2004
  
En un mes marcado en Chile por la profunda devoción mariana, se inscribe el Itinerario Bíblico Mensual "A la escucha del Maestro" del mes de noviembre.

En su presentación, Mons. Gaspar Quintana, Obispo de Copiapó, señala que con el 150º aniversario de la definición del dogma de la Inmaculada Concepción de María, podemos hacer la lectura orante de la Palabra de Dios recordando lo que el evangelista Lucas pone en labios de Jesús: "felices más bien los que escuchan la Palabra de Dios" (Lc. 11,28).

LECTIO DIVINA DEL AVE MARÍA
Continuar en nuestra vida
el corazón orante de Jesús y de María


Con motivo del Año del Rosario nos decía el Papa Juan Pablo II: “Tomad con confianza entre las manos el rosario, descubriéndolo de nuevo a la luz de la Escritura, en armonía con la Liturgia y en el contexto de la vida cotidiana”.

La oración con el rosario tiene su origen en la edad media, cuando la oración de la liturgia de las horas fue sustituida por esta otra oración que podía estar más fácilmente en las manos de todo el pueblo. Fue manera concreta que la Iglesia descubrió para que todos pudiéramos orar nuestro caminar histórico en comunión con María y al ritmo de la Palabra de Dios.

El rosario es una adaptación occidental de una manera de orar oriental. La llamada “oración de Jesús”, que conocemos por el relato del peregrino ruso, que consistía en repetir litánicamente “Jesús, hijo de David, te misericordia de mí” (eco de la oración del ciego Bartimeo en Marcos 10,47), fue asumida de forma creativa en el Ave María, acompañada por el Padre Nuestro y el Gloria.

El rosario abrevia lo esencial del evangelio y lo coloca bien hondo de nosotros, hasta que en el corazón se sienta el eco de la Buena Nueva de Dios. Es como una semilla que se coloca en el surco y germina, crece, madura, hasta que da frutos de vida: los frutos del Reino.

El rosario es una oración que no se limita a la simple repetición, como si estuviera carente de creatividad, es más bien como una rueda de molino de agua, que en cada movimiento siempre hace algo nuevo.

El rosario es como es como la concha marina que retoma en si el eco de todo el canto del mar. Nunca nos cansamos de oírlo cuando la colocamos en nuestros oídos.

El rosario es como la corona de flores que los príncipes colocaban sobre la frente de sus amadas. Cada rosa y cada gesto era una bella poesía de amor.

Es así como nosotros tomamos ese rosario –o corona de rosas-para venir al encuentro de Jesús y María, en el amor de la Trinidad.

Por eso Pablo VI decía que “si el rosario no es una oración contemplativa, es un cuerpo sin alma, un cadáver” (Marialis Cultus, 47). De ahí, que orar con el rosario sea mucho más de lo que parece a primera vista. Lo importante del rosario es que limitando la oración a pocas palabras, repetidas lentamente, el corazón va absorbiendo en su interior la luz de Dios que brilló en María y somos así conducidos a la y al servicio al mundo que la caracterizó.

El rosario se centra en la contemplación del evangelio en comunión con aquella que meditaba todas estas cosas meditándolas en su corazón (Lucas 2,19). En cada decena del rosario reposamos amorosamente las agitaciones de nuestra respiración, hasta que se suscite en nuestro corazón orante una dinámica interior que remueva nuestra vida de sus inercias y nos ponga a volar alto en las profundidades de Dios.


El “Ave María” forma a Cristo en nuestro corazón

También el “Ave María” es una escuela de oración. Si tomamos conciencia del valor de cada una de sus palabras, nuestra oración crecerá más por las rutas del Espíritu.

No necesitamos una palabra que sirva de “manantial” inicial, porque ésta ya fue dada en el “Padre Nuestro”, la cual permanece en el horizonte de toda oración cristiana. Con el “Ave María” lo que hacemos es una profundización.

Así como el “Padre Nuestro”, el “Ave María”, tiene dos movimientos que reproducen el palpitar el corazón, el doble movimiento oracional de la alabanza y de la súplica.

El primer movimiento es de alabanza y comienza con el “Dios te salve María”. El segundo movimiento es de súplica y comienza con el “Santa María, Madre de Dios”.

Lo más bello es que mientras nos dirigimos a María con alabanza y súplica, junto con ella nos dirigimos a Jesús, quien es el motivo de nuestra alabanza y el fundamento de toda invocación. Revivimos con María los misterios salvíficos de su Hijo y con ella los meditamos en nuestro corazón.

Al mismo tiempo, junto con ella, podemos pedir juntos la intervención del Señor por una necesidad particular. Es interesante: se trata de un ejercicio espiritual tremendo. Con este tipo de oración tan privilegiado, nuestro corazón vive una triple atención: a María, a Jesús y las necesidades actuales de la gente.

Recemos ahora, muy despacio, un “Ave María” para que le saquemos el gusto y la hagamos la oración de nuestra oración.


Primer movimiento: la alabanza

(1)El saludo del Ángel: La voz del cielo

“Dios te salve María…”

“Alégrate María” (Lucas 1,28). El saludo del ángel abre la oración. Es Dios mismo quien toma la iniciativa y esa iniciativa es una proclamación de la alegría. El panorama que se abre ante el rezo del Ave María es positivo, es el gozo de Dios que se le comunicó a María y que Jesús, en su Buena Nueva, le sigue comunicando a todo hombre. Es la alegría de la vida nueva, de la criatura que salta de felicidad en los brazos de su Dios, con la conciencia de saberse creada, valorada, acogida.

Al retomar el saludo a María con la misma mirada con que Dios se dirigió a su humilde sierva, redescubrimos la alegría que está en el corazón de Dios y que se desveló a la humanidad cuando por medio del ángel expresó la alegría que María le hacía sentir.

En María está la humanidad entera con sus búsquedas y sus dolores. “Alégrate humanidad” porque Dios no se ha olvidado de ti, él está ahí como poderoso salvador. “Alégrate humanidad” porque tú eres el gozo de Dios.


“Llena de gracia…”

Es una declaración de amor. Tú eres la perfectamente amada, porque eres amada por el amor perfecto de Dios, cuyo amor no conoce traiciones ni mediocridades. El amor es un fuego que se enciende en el corazón gracias a la chispa del amor primero y contundente de Dios.

El secreto de María es el amor. No sólo es amada sino también amante porque está completamente entregada a Aquel que toma cuerpo en sus entrañas y a quien ella entregará amorosamente al mundo.

Cada vez que rezamos el Ave María, tomamos conciencia: “Dios me ama” y en ese amor recibido en el corazón encuentra un impulso grande de entrega y de oblación.


“El Señor está contigo…”

Esta expresión clarifica la anterior. María es llena de gracia porque el Señor está con ella. Dios se percibe como presencia (inquietante). Dios está presente en su vida, no la abandona ni un instante, es fiel. La gracia de la que María está colmada es esta presencia de aquel que es la fuente de toda gracia.

En María Dios le dice a todos sus pequeñitos: no estás abandonado. Yo estoy contigo, tú eres mío, yo estoy de parte, estoy aquí para ayudarte.

Cada vez que rezamos el Ave María, tomamos conciencia: “el Señor está aquí conmigo”.

Ya podemos decir, muy despacio, concientemente, dejando que entre en nuestro corazón una luz de esperanza: “Alégrate María, llena eres de gracia, el Señor está contigo” (Lucas 1,28).

Así, las tres primeras frases del Ave María, que retoman las palabras del ángel Gabriel, tienen también el sabor festivo y esperanzador de la profecía de Sofonías 3,14.17ª: “Alégrate... Hija de Jerusalén... El señor” está “en medio de ti”.

María, en quien el mismo Señor viene a habitar, es la personificación de la Hija de Sión, del Arca de la Alianza, el lugar donde habita la Gloria del Señor. Ella es, como dice el Apocalipsis, “la morada de Dios entre los hombres” (21,3). Y a la luz de este misterio de María comprendemos mejor el nuestro porque se nos revela el sentido de nuestra vida, de nuestra vocación en el mundo.

Así cada el “Ave María” nos invita a la fiesta del amor: celebramos la presencia fiel y tierna de un Dios que está con nosotros como Buen Pastor: “Tú caminas siempre conmigo” (Salmo 23,4), o como esposo que renueva a cada instante el amor de la amada: “Yo soy tuyo y tú eres mía” (palabras de la Alianza).


(2) El saludo de Isabel: la voz de la humanidad llena del Espíritu Santo

Después de las palabras del Ángel a María, palabras que vienen del cielo, vienen las palabras de Isabel, palabras que provienen de otro ángulo, de otro punto de vista: el de la humanidad sorprendida por lo que Dios hace en María.

La felicitación de Isabel proviene de un impulso profundo de alegría. No sólo es el gozo de María, es también el gozo del orante que comprende el misterio de María. Pero en lugar de decir algo sobre sí misma, como por ejemplo: me siento inmensamente feliz, más bien le dice a María quién es ella. Isabel es la primera de una larga serie de generaciones que llaman a María “Bienaventurada”: “Bienaventurada la que ha creído...” (Lucas 1,45).

Es en este horizonte que se entiende las dos bendiciones: la de la madre y la del hijo: “Bendita tú entre las mujeres y bendito el fruto de tu vientre Jesús” (Lucas 1,42).


“Bendita tú entre las mujeres…”

María es la bendita entre todas las mujeres porque creyó en el cumplimiento de la Palabra del Señor. Abraham, por su fe, se convirtió en una bendición para “todas las familias de la tierra” (Génesis 12,3).

Por su fe, María llegó a ser la Madre de los creyentes y gracias a ella todas los pueblos de la tierra reciben a Jesús, quien es la bendición misma de Dios. Por eso: “Bendito es el fruto de tu vientre, Jesús”. La mirada queda así clavada en Jesús. En comunión con María nos ponemos en adoración del salvador del mundo.

Así contemplamos a Jesús en María, quien es la causa de su bendición, y también contemplamos a María en Jesús: el fruto de sus entrañas le da sentido a su vida entera.

Si toda madre es bendición para el mundo porque en su vientre se manifiesta el milagro de la vida, cuánto más María es la bendita entre todas las mujeres de la tierra porque el fruto de sus entrañas es precisamente el autor de la vida, el que trae la vida eterna, el que la hace posible la vida auténtica gracias a su victoria sobre la muerte en la Cruz.

Esta vida auténtica, plena y feliz que Dios le ofrece a la humanidad por medio de la maternidad bendita de María, tiene nombre propio: ¡Jesús!


Segundo movimiento: la súplica

Después de las palabras del Ángel y las palabras de Isabel, vienen nuestras propias palabras. Son palabras de reconocimiento de lo que María es para nosotros y de lo que nosotros somos para ella.


“Santa María, Madre de Dios...”

Reconocemos lo que es María para nosotros con dos títulos preciosos que proclaman su santidad personal y su maternidad, el misterio de su persona y de su obra en el mundo.

Y en nuestras palabras, no dejan de resonar todavía las palabras de Isabel cuando tremendamente maravillada exclamaba: “¿A qué debo que la Madre de mi Señor venga a mí?” (Lucas 1,43). Porque María nos da Jesús, su hijo, es la Madre de Dios y nuestra madre.

Y porque es nuestra Madre le hablamos contándole nuestras cuitas, le confiamos todas nuestras preocupaciones y nuestras imploraciones. En el corazón materno de María descubrimos el misterio de la intercesión: una verdadera madre siempre lleva en su corazón las angustias, las tristezas, las búsquedas y los gozos de sus hijos.

María ora por nosotros así como lo hizo por sí misma cuando dijo el fiat: “Haz en mí lo que has dicho” (1,38). Apoyándonos en la oración de nuestra madre del cielo, con ella nos abandonamos con paz y sin resistencias en el corazón de Dios para hacer su querer: “hágase tu voluntad”.

Pero precisamente porque no conseguimos caminar siempre al ritmo del querer de Dios, es que nos reconocemos distantes de Dios y nos declaramos pecadores.


“Ruega por nosotros, pecadores…”

Es una oración cargada de esperanza, de una gran ilusión.

Apoyados en la intercesión de María, no nos sentimos solos, ni incapaces. Si nos reconocemos pobres pecadores es que porque tenemos la certeza firme de María, quien es “Madre de misericordia”, nos pondrá en sintonía con la misericordia de Dios que nos obtuvo el perdón en la sangre del cordero inmolado por amor, cuya entrega cubrió todos nuestros pecados.

La Madre de misericordia es también la mujer completamente santa, por eso le dijimos “Santa María”: su maternidad ejerce una tarea que sólo una madre puede realizar: engendrar desde el corazón el hombre nuevo, así como del fruto bendito de su vientre vino Jesús. Por eso toda conversión de alguna manera también proviene del corazón misericordioso de María, su maternidad nos lleva a participar de su santidad.

Pero si el momento de la maternidad lo situamos en el comienzo de nuestra vida, con María comprendemos que su maternidad abarca todo el arco de nuestra vida, de comienzo a fin, hasta el día en que por la muerte nazcamos para la vida que no tiene fin.


“Ahora y en la hora de nuestra muerte”

Todos los instantes de nuestra vida están puestos en la oración de María, quien nos asocia a su contemplación de Jesús y en comunión con ella nos impulsa para caminar como discípulos fieles, en la obediencia a la Palabra, en pos del Maestro.

Nos entregamos a María “ahora”, en el hoy de nuestra existencia. Y nuestra confianza se dilata para ofrecernos eucarísticamente junto con ella y desde ahora, “en la hora de nuestra muerte”.


“Amén”

No es cualquier amén que se pronuncia para indicar que ya la oración se terminó.

Queremos que el “amén” que concluya nuestra vida orante sea como el “amén” de Jesús en la Cruz.

Así como María estaba presente allí al pie de la cruz de su hijo (Juan 19,24-25), también queremos que María esté allí al pie en el último instante de nuestra vida, para que en ese tránsito ella nos acoja como nuestra madre y nos conduzca a su Hijo Jesús en el paraíso. No estaremos solos en la hora de la muerte, ahí estará ella entregándonos en maternales brazos al que es la vida en plenitud.

De esta manera el “Ave María” nos introduce en el misterio profundo de la vida.


Fuente: Comisión nacional Pastoral Bíblica - Prensa CECH


Santiago, 08/11/2004